Estado Apure - Venezuela
El significado de la Ceniza
Subsidios Litúrgicos – Diócesis de San Fernando de Apure
Pocos momentos litúrgicos son tan intensos y tan concentrados como dejarse signar con la Ceniza. Desde tiempos inmemoriales se ha unido la postura de la ceniza con el símbolo de la Cruz. Esta unión tiene una fuerza convergente: revive y actualiza al mismo tiempo la muerte y la vida del crucificado-resucitado que es Jesucristo.
La Ceniza es una Marca, que unida a la Cruz (marca cristiana), se convierte en un signo exquisito. En la Biblia, la marca indica pertenencia y tiene función protectora: «Consagrado al Señor» (Ex 28, 36-37). También tiene significatividad sublime: «Grábame como un sello en tu brazo, como un sello en tu corazón» (Ct 8, 6), «grábame» a mí, para ser totalmente de tu propiedad. Una unión de amor que es más fuerte que la muerte.
Dejarse marcar con la Ceniza significa reconocer que somos frágiles, de barro. Manifiesta arrepentimiento y deseo de cambio. Quiere decir testimonio de buena nueva. Expresa protección del que es nuestro único Señor, Dios Padre. Y expresa también la esperanza que consolida nuestra vida creyente.
En el día de la Ceniza no intervienen individuos aislados. No es que el asunto sea de cada uno con Dios y que accidentalmente nos encontremos todos en el mismo sitio y, por ahorrar tiempo, todos a una recibimos la ceniza. Lo individual no queda anulado, pero no es lo específico en este caso. La Ceniza evoca la condición colectiva de la condición frágil de lo humano donde también convergemos solidarios, en una misma condición: la de pecadores convocados a la gracia.
Nos están invitando a convertirnos, a cambiar aquellas actitudes que destruyen la vida. Por eso, al recibir la Ceniza expresamos el reconocimiento de la propia condición de pecado y el deseo de conversión. Y expresamos también nuestra apuesta en el Señor de la vida, que lo hace todo de nuevo mediante su Espíritu.
Para convertirnos hace falta encontrarnos cara a cara y sin miedo, con todo lo que llevamos dentro de nosotros mismos, y dejar que el Espíritu Santo lo transforme. Y nos exige que estemos atentos a lo que va pasando a nuestro alrededor, y que tengamos el coraje de responder con generosidad y eficacia ante las problemáticas de nuestro mundo.
El creyente que se adentra a la cuaresma, recibe la ceniza junto a la señal de la cruz, con el deseo de que acontezca en su vida y en la comunidad, una nueva creación. Una nueva humanidad desde la cual se participa en la vida divina, para andar con un aliento nuevo. Porque la vida cristiana no es algo acabado de una vez para siempre, ya que somos conciencia y libertad. Nuestro ser profundo se va desarrollando o articulando a lo largo de acciones minúsculas o grandes, cotidianas o decisivas, íntimas o patentes, de las cuales tenemos conciencia, nos acordamos o nos olvidamos. Somos seres que nos vamos realizando en múltiples facetas.
El Evangelio de Mateo nos ofrece tres recomendaciones para que nuestro modo de actuar sea sincero: Uno, cuando hagamos el bien, no vayamos tocando la trompeta por delante con la finalidad de ser admirados; que no sepa la mano izquierda lo que hace la mano derecha. Otro, cuando recemos, que no lo hagamos para ser vistos por la gente, sino que entremos bien adentro, donde Dios Padre nos oye en nuestra sencillez. Y tres, cuando ayunemos, que no andemos cabizbajos, o con rostro afligido para ser vistos, sino que nos perfumemos y lavemos la cara, para que el ayuno lo note Dios que ve en lo secreto.
Que esta Ceniza recibida, nos ayude a tener una praxis cristiana auténtica, que exprese una solidaridad efectiva, una oración que nazca realmente del alma y un ayuno fecundo que sane el hambre del mundo.
Fuente:
Centro de Espiritualidad y Pastoral de la Compañía de Jesús – Venezuela (Con permiso de los autores)
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