Estado Apure - Venezuela
La
Fiesta y la cruzada
Mario Vargas Llosa
Bonito
espectáculo el de Madrid invadido por cientos de miles de jóvenes provenientes
de los cinco continentes, para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud que
presidió Benedicto XVI y que convirtió a la capital española por varios días en una multitudinaria Torre
de Babel. Todas las razas, lenguas,
culturas, tradiciones, se mezclaban en una gigantesca fiesta de muchachas y
muchachos adolescentes, estudiantes, jóvenes profesionales venidos de
todos los rincones del mundo a cantar,
bailar, rezar y proclamar su adhesión a la Iglesia Católica y su “adicción” al
Papa (“Somos adictos a Benedicto” fue uno de los estribillos más coreados).
Salvo el millar de personas que, en el
aeródromo de Cuatro Vientos, sufrieron desmayos por culpa del despiadado calor
y debieron ser atendidas, no hubo accidentes ni mayores problemas. Todo transcurrió en paz, alegría y
convivencia simpática. Los madrileños tomaron
con espíritu deportivo las molestias que causaron las gigantescas
concentraciones que paralizaron Cibeles, la Gran Vía, Alcalá, la Puerta del
Sol, la plaza de España y la plaza de Oriente, y las pequeñas manifestaciones
de laicos, anarquistas, ateos y católicos insumisos contra el Papa provocaron
incidentes menores, aunque algunos grotescos, como el grupo de energúmenos al
que se vio arrojando condones a una niñas que, animadas por lo que Rubén Darío
llamaba “un blanco horror de Belcebú”, rezaban el rosario con los ojos
cerrados.
Hay dos lecturas posibles de este
acontecimiento, que El País llamó “la
mayor concentración de católicos en la historia de España”. La primera ve en él un festival más de
superficie que de entrada religiosa, en
el que jóvenes de medio mundo aprovecharon la ocasión para viajar, hacer
turismo, divertirse, conocer gente, vivir alguna aventura, la experiencia intensa
pero pasajera de unas vacaciones de verano.
La segunda la interpreta como un rotundo mentís a las predicciones de
una retracción del catolicismo en el mundo de hoy, la prueba de que la Iglesia
de Cristo mantiene su pujanza y su vitalidad, de que la nave de San Pedro
sortea sin peligro las tempestades que quisieran hundirla.
Una de estas tempestades tiene como
escenario a España, donde Roma y el gobierno de Rodríguez Zapatero han tenido
varios encontronazos en los últimos años y mantienen una tensa relación. Por eso,
no es casual que Benedicto XVI haya venido ya varias veces a este país, y dos
de ellas durante su pontificado. Porque resulta
que la “católica España” ya no lo es tanto como lo era. Las estadísticas son bastante explícitas. En Julio del año pasado, 80% de los españoles
se declaraba católico; un año después, sólo 70%. Entre los jóvenes, 51% dice serlo, pero sólo
12% asegura que practica su religión de manera consecuente, en tanto que el
resto lo hace sólo de manera esporádica y social (bodas, bautizos,
etcétera). Las críticas de los jóvenes
creyentes –practicantes o no- a la iglesia se centran, sobre todo, en la
oposición de esta al uso de anticonceptivo y la píldora del día siguiente, a la
ordenación de mujeres, al aborto, al homosexualismo.
Mi impresión es que estas cifras no han
sido manipuladas, que ellas reflejan una realidad que, porcentajes más o menos,
desborda lo español y es indicativo de lo que pasa también con el catolicismo
en el resto del mundo. Ahora bien, desde
mi punto de vista, esta paulatina declinación del número de fieles de la
Iglesia Católica, en vez de ser un síntoma de su inevitable ruina y extinción
es, más bien, fermento de la vitalidad y energía que lo que queda de ella –decenas
de millones de personas- ha venido mostrando, sobre todo bajo los pontificados
de Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Es difícil imaginar dos personalidades
más distintas que las de los dos últimos Papas.
El anterior era un líder carismático, un agitador de multitudes, un
extraordinario orador, un pontífice en el que la emoción, la pasión, los
sentimientos prevalecían sobre la pura razón. El actual es un hombre de ideas,
un intelectual, alguien cuyo entorno natural son las bibliotecas, el aula universitaria,
el salón de conferencias. Su timidez
ante las muchedumbres aflora de modo invencible de esa manera casi avergonzada
y como disculpándose que tiene que dirigirse a las masas. Pero esa fragilidad es engañosa, pues se
trata posiblemente del Papa más culto e inteligente que haya tenido la Iglesia
en mucho tiempo, uno de los raros pontífices cuyas encíclicas o libros un
agnóstico como puede leer sin bostezar (su breve autobiografía es hechicera y
sus dos volúmenes sobre Jesús, más que sugerentes). Su trayectoria es bastante curiosa. Fue, en su juventud, un partidario de la
modernización de la Iglesia colaboró con
el reformista Concilio Vaticano II convocado por Juan XXIII.
Pero, luego se movió hacia las posiciones
conservadoras de Juan Pablo II, en la que ha perseverado hasta hoy. Probablemente, la razón de ello sea la
sospecha o convicción de que, sin continuaba haciendo las concesiones que le
pedían los fieles, pastores y teólogos progresistas, la Iglesia terminaría por
desintegrarse desde adentro, por convertirse en una comunidad caótica,
desbrujulada, a causa de las luchas intestinas y las querellas sectarias. El sueño de los católicos progresistas de
hacer de la Iglesia una institución
democrática es eso, nada más: un sueño. Ninguna
iglesia podría serlo sin renunciar a sí misma y desaparecer. En todo caso, prescindiendo del contexto
teológico, atendiendo únicamente a su dimensión social y política, la verdad es
que, aunque pierda fieles y se encoja, el catolicismo está hoy día más unido,
activo y beligerante que en los años en que parecía a punto de desgarrarse y
dividirse por las luchas ideológicas internas.
¿es esto bueno o malo para la cultura de
la libertad? Mientras el Estado sea laico y mantenga su independencia frente a
todas las iglesias, las que, claro está, debe respetar y permitir que actúen
libremente, es bueno, porque una sociedad democrática no puede combatir
eficazmente a sus enemigos –empezando por la corrupción- si sus instituciones no
están firmemente respaldadas por valores éticos, si un rica vida espiritual no
florece en su seno como un antídoto
permanente a las fuerzas destructivas, disociadores y anárquicas que suelen
guiar la conducta individual cuando el ser humano se siente libre de toda
responsabilidad.
Durante mucho tiempo se creyó que con el
avance de los conocimientos y de la cultura democrática, la religión, esa forma
elevada de superstición, se iría deshaciendo, y que la ciencia y la cultura la
sustituirían con creces. Ahora sabemos que esa otra superstición, que la
realidad ha ido haciendo trizas. Y sabemos, también, que aquella función de los
librepensadores decimonónicos, con tanta generosidad como ingenuidad, atribuían
a la cultura, ésta es incapaz de cumplirla, sobre todo ahora. Porque, en
nuestro tiempo, la cultura ha dejado de ser esa respuesta seria y profunda a
las grandes preguntas del ser humano sobre la vida, la muerte, el destino, la
historia, que intentó ser en el pasado, y se ha transformado, de un lado en un
divertimento ligero y sin consecuencias, y, en otro, en una cábala de
especialistas incomprensibles y arrogantes, confinados en fortines de jerga y
jerigonza y a años luz del común de los mortales.
La cultura no ha podido reemplazar a la
religión ni podrá hacerlo, salvo para pequeñas minorías, marginales al gran
público. La mayoría de seres humanos
sólo encuentra aquellas respuestas o, por lo menos, la sensación de que existe
un orden superior del que forma parte y que da sentido sosiego a su existencia,
a través de una trascendencia que ni la filosofía ni la literatura ni la
ciencia han conseguido justificar racionalmente. Y, por más que tantos brillantísimos
intelectuales traten de convencernos de que el ateísmo es la única consecuencia
lógica y racional del conocimiento y la experiencia acumulada por la historia
de la civilización, la idea de la extinción definitiva seguirá siendo
intolerable para el ser humano común y corriente, que seguirá encontrando en la
fe aquella esperanza de una supervivencia más allá de la muerte a la que nunca
ha podido renunciar. Mientras no tomo el
poder político y este sepa preservar su independencia y neutralidad frente a
ella, la religión no sólo es lícita, sino indispensable en una sociedad
democrática.
Creyentes y no creyentes debemos
alegrarnos por eso de lo ocurrido en Madrid en estos días en que Dios parecía
existir, el catolicismo ser la religión única y verdadera, y todos como buenos
chicos marchábamos de la mano del santo padre hacia el reino de los cielos.
(El Nacional, 04-09-11, Sietedías, pág. 6)