Estado Apure - Venezuela
Enseñanzas/ Iglesia.
Los Dogmas Marianos:
Una visión actual.

La mariología renovada que se desarrolla después del vaticano segundo trae nuevo elementos para pensar el misterio de María, muy unido al, e inseparable del, misterio de Cristo y de la iglesia. Es preciso pensar y reflexionar sobre los dogmas o afirmaciones de fe de la iglesia, sobre María desde la clave eclesial y teológica que no deja de incluir los nuevos descubrimientos antropológicos modernos, además del camino ecuménico y el diálogo interreligioso.
EL MISTERIO DE LA THEOTOKOS, MADRE DE DIOS.
Al contrario de otros dogmas, cuyas raíces bíblicas son cuestionadas y constituyen auténticos problemas ecuménicos, la maternidad divina de María posee profundos y sólidos puntos de apoyo en la Escritura. En el NT, la mayoría de las veces se alude a María con el titulo de <<Madre>> (25 veces).
María es fundamentalmente, para los relatos evangélicos la madre de Jesús. En el centro del ministerio de la encarnación misterio que es salvación para el género humano, el NT presenta a Dios tomando carne de varón en y por medio del cuerpo de la mujer. El concilio del Éfeso (431) recoge el tesoro inestimable de ese misterio y declara a María, expresamente, Theotokos, Madre de Dios. La maternidad divina de María aparece en esas declaraciones conciliar como clave de interpretación del misterio de la encarnación, que hace posible y explica la unión de las dos naturalezas del verbo de Dios. De aquel que es engendrado eternamente por el padre se dice que nació de mujer según la carne en el sentido de que unió así la naturaleza humana según la hipostasis.
A partir de Éfeso, la maternidad divina constituye un titulo único de señorío y gloria para aquella que es la madre del Verbo encarnado.
Reconocer a María como madre de Dios significa de hecho profesar que Jesús, el carpintero de Nazaret, el crucificado hijo de María según la generación humana es hijo de Dios y Dios mismo. La visión antropológica subyacente a esta confirmación es profundamente integrada y unitaria. Toda mujer es madre no solo del cuerpo sino de la persona entera de su hijo. El misterio de la encarnación de Jesús, hijo de Dios, en María de Nazaret nos enseña que la persona humana no esta partida entre un cuerpo de Materia e imperfección y un espíritu de grandeza y trascendencia. Al contrario solo en la fragilidad, la pobreza y los límites de la carne humana se puede experimentar y adorar la grandeza inefable del espíritu. Por lo tanto, si no se puede separar, en Jesucristo, la humanidad y la divinidad (cf. Concilio de Calcedonia, 451), tampoco se puede separar en María, la mujer sencilla de Nazaret y aquella a quien la iglesia venera y da culto como madre de Dios.
Significa también proclamar la llegada del Reino que <<ya está en medio de vosotros>>. María es figura y símbolo del pueblo que cree y experimenta esa llegada de Dios que ahora pertenece a la raza humana. Aquella cuya carne formo la carne del hijo de Dios es también el símbolo y prototipo de la nueva comunidad donde hombres y mujeres se aman y celebran el misterio de la vida que se manifestó en plenitud.
Significa también desvelar toda la grandeza del misterio de la mujer. Misterio de la apertura fuente y protección de la vida. María es, al mismo tiempo, madre de todos los vivientes, mujer donde el misterio de la fuente y origen de la vida llega a un punto máximo de densidad. Revela, así, a un lado inédito e inexplorado del misterio del propio Dios encarnado en su seno: que es él mismo comparable a la mujer que da a luz, que amamanta el hijo de sus entrañas y del que no se olvida (cf. Is66, 12-13; 42,14; 49,15). Finalmente significa reconocer en esta misma que llamamos madre y señora nuestra a la pobre y oscura mujer de Nazaret madre del carpintero subversivo y condenado a muerte, Jesús. Implica percibir, tras el titulo de la gloria y las lujosas imágenes con que la piedad tradicional la representa al no menos real y teológico título de “cierva del Señor”
El judaísmo, del cual María es legítima hija, no considera la virginidad como un valor particular. Esta equivale a la esterilidad, a la no procreación, que acarrea desprecio e implica una carga de muerte, ya que la supervivencia esta en la prole. La virginidad de María no puede ser vista por lo tanto, desde el punto de vista moralizante e idealizado. Los textos bíblicos quieren decir que el hijo que es engendrado en María es un ser divino.
La cadena de genealogía humana sufre una radical ruptura para dar lugar al espíritu que con su soplo creador invade la historia y hace brotar la vida allí donde sería imposible. Jesús el nuevo Israel que brota del seno de la Virgen es la simiente del nuevo pueblo que es plasmado por el espíritu del que María está llena y configurada. La tradición de la iglesia toma entonces este indicio para proclamar, a lo largo de la historia de los primeros siglos y, finalmente, en el concilió Lataranense (649), la virginidad perpetua de María.
La virginidad de María ilumina la creación sobre quién es el ser humano. La criatura humana es como un terreno virgen e inexplorado, donde todo puede suceder. Y todo lo que sucederá deberá llevar a esa misma criatura humana hasta el punto al que María llego: a tener plasmado en sus entrañas al propio Dios. A la virginidad de María fecundada por el espíritu corresponde la vocación de todo ser humano: ser templo y morada abierta y disponible, con todas las posibilidades latentes. La importancia del cuerpo virgen de María consiste en que es figura de la pobreza de la humanidad para realizar su propia salvación sin la gracia de Dios. La entrega total al Dios de la Vida y al abandono radical de los ídolos que dan muerte encuentra en la virginidad de María una figura, que desea poner sus pies sobre las pisadas de Jesús y vivir la realidad hitorica-escatológica del Reino de Dios.
La virginidad de María ilumina igualmente la vocación específica de la mujer, en cuanta hospedera de la vida en plenitud espacio ilimitado abierto, potencialidad latente que crece tanto más cuanto mayor y profunda sea su entrega. El dogma de la virginidad de María declara a la mujer para siempre espacio afirmativo donde el espíritu del Altísimo puede posarse y hacer su morada. La virginidad despreciada en Israel es el lugar de la Shekinah, la morada de la gloria de Yahvé que encuentra en su criatura María de Nazaret la disponibilidad de los bienaventurados: <<He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra>> (Lc 1,38).
Este dogma, proclama en 1854 por Pío IX, no encuentra una raíz Bíblica tan explícita como las anteriores. Tenemos como referencia el texto de Gn 3,15 (también llamado el protoevangelio), donde la mujer y su descendencia aparecen como enemigas mortales de la serpiente, terminando por destruirla aplastándole la cabeza. Además de otros menos importantes referentes al arca de la alianza, a la Santa Cuidad etc., está el saludo del ángel en el evangelio de Lucas, que declara a María <<llena de gracia>> (Lc. 1,42). María aparece, pues, como el milagro de Dios por excelencia, la creación llegada a su plenitud, bendita, bienaventurada, llena de gracia.
Por su inmaculada concepción, María es la síntesis personificada de la antigua Sión- Jerusalén. En ella tiene inicio ejemplar el proceso de renovación y purificación de todo el pueblo para vivir más plenamente la alianza de Dios. Toda de Dios, María ya es, pues, prototipo de aquello que el pueblo es llamado a ser. La inmaculada concepción es, por lo tanto, utopía que da fuerza al proyecto y sostén a la esperanza del pueblo de Dios. Es la prenda de garantía de la posibilidad de que la utopía de Jesús -el reino de Dios- es realizable en esta pobre tierra. No es sin embargo únicamente el alma de María la que es preservada del pecado. Es toda su persona la que es penetrada y animada por la gracia, por la vida de Dios. Su corporeidad es la morada del Dios Santo. Si concepción inmaculada proclama al pueblo, del cual ella es figura, que el Espíritu ha sido derramado sobre toda carne y que el paraíso perdido ha sido reencontrado.
La corporeidad de la mujer que el Génesis denunciaba como causa del pecado original, cargado sobre todo el sexo femenino un defecto y un fardo difícil de cargar, es rehabilitada por el evangelio y por el magisterio de la Iglesia. Ese cuerpo animado por el espíritu divino es proclamado bienaventurado, inmaculado. En el Dios hizo la plenitud de sus maravillas.
María, hija de Sion, representa el pueblo de Israel y con ella llega a su punto máximo el itinerario de Alianza de este pueblo con su Dios. Siendo la fiel israelita, que espera la consolación del pueblo elegido y canta las maravillas que hace el señor reconociendo su presencia creadora y productora de vida en sí y alrededor de si, María es el prototipo del pueblo de Dios de ayer y de hoy, a quien muestra su vocación de <<elegido desde antes de la creación del mundo para ser santo e inmaculado>> (cf. 1,4).
El más reciente de los dogmas marianos es la ssuncion, definida y proclamada solemnemente por Pío XII el 1 de Noviembre de 1950, con la constitución apostólica Munifi-centissimus Deus. Tiene como base los textos bíblicos, pero leídos ya con los ojos de la tradición de la Iglesia. Proclama a María asunta a los cielos <<en cuerpo y alma>>. El sujeto de la asunción es, pues, la persona de María toda entera. María no es un alma envuelta provisionalmente en un cuerpo, sino una persona, un cuerpo animado por el soplo divino, penetrado por la gracia de Dios hasta el último escondrijo.
Su corporeidad es plenamente asumida por Dios y llevada hasta la gloria. Su asunción no es reanimada de un cadáver de un cuerpo, sino plena realización, en el absoluto de Dios, de toda la mujer María de Nazaret.
Ella nos dice algo también sobre el destino final escatológico al que estamos llamados. So somos un alma prisionera de un cuerpo, y este cuerpo a su vez no constituye un impedimento para nuestra plena realización como seres humanos unidos a Dios.
Al contrario: en la resurrección nuestra corporeidad es rescatada y transfigurada hacia adentro del absoluto de Dios. María glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es imagen e inicio de la iglesia y de la humanidad del futuro, signo escatológico de esperanza y de consuelo para el pueblo de Dios que camina en Dirección a la patria definitiva. Con la asunción de María, figura y símbolo del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia ya es, incluso en medio de si ambigüedad y de su pueblo fiel que está llamado a ser.
La asunción de María restaura y reintegra también la corporeidad femenina, humillada por el prejuicio patrialca judeo-cristiano, en el seno del misterio del propio Dios. A partir de María, la mujer tiene la dignidad de su propia condición reconocida y asegurada por el creador de esa misma corporeidad. Lo masculino y lo femenino que está en Jesucristo y María participa definitivamente de la gloria del misterio trinitario.
Por último la asunción de María está estrechamente vinculada a la resurrección de Jesús. En ambos acontecimientos de fe se trata del mismo misterio: el del triunfo de la justicia de Dios sobre la injusticia humana, la victoria de la gracia sobre el pecado. Así como proclamar la resurrección de Jesús implica seguir anunciando su pasión que continua en los crucificados y en aquellos a quienes no se les hace justicia en este mundo, analógicamente creer en la asunción de María es proclamar que aquella mujer que dio a luz en su establo entre animales. Tuvo un corazón traspasado por una espada de dolor, compartió la pobreza, la humillación, la persecución y la muerte violenta de su hijo, que estuvo a su lado al pie de la cruz, la madre del condenado, fue exaltada. Así como el crucificado es el resucitado, la dolorosa es la asunta a los cielos, la gloria.
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Fuente:
Nuevo Diccionario de Teología. Editorial Trotta. Voz: María.
Pastoral de Medios
Diócesis de San Fernando de Apure.